La oncología oficial (espoleada por la Industria
Farmacéutica) se empecina en encontrar cientos de fármacos que cubran
todas las posibles combinaciones de genes mutados que (dicen) están
involucrados en las 200 enfermedades que (dicen) es el cáncer, mediante
ataques frontales, caros y muy tóxicos.
© Desconocido
Por contra, otros
bioquímicos y oncólogos que defienden un paradigma diferente del cáncer, entendido como enfermedad metabólica,
proponen atacar al enemigo de otra manera, menos directa pero más
universal; menos tóxica y, desde mi punto de vista, mucho más
inteligente: haciéndole pasar hambre mediante una dieta cetogénica y
otras medidas que comentaremos en otros artículos.
Es decir, se intenta
convertir el cuerpo, que el cáncer pretende conquistar, en un terreno inhóspito para él.
Comprender las particularidades metabólicas de nuestro enemigo, aquellas
que lo diferencian de las del cuerpo sano, nos permitirá usar con mayor
efectividad dicho conocimiento contra él y entenderemos porqué es una
buena medida terapéutica adoptar una dieta cetogénica contra el cáncer.
En este artículo explicaremos los dos estados metabólicos del cuerpo sano y en el siguiente los compararemos con el estado metabólico propicio para el cáncer.
Los combustibles metabólicos de las células sanas. Un breve resumen.
Las células del organismo pueden usar varios tipos de combustibles metabólicos,
bien directamente, bien tras un proceso previo, o bien como resultado
de un 'reciclaje' de productos de desecho: glucosa, aminoácidos, ácidos
grasos libres, triglicéridos, cuerpos cetónicos, alcohol, lactato,
glicerol...
pero los dos principales combustibles metabólicos son la glucosa y los ácidos grasos.
La glucosa se puede obtener directamente de los hidratos de carbono
ingeridos, cuya parte no consistente en fibra se transforma casi al 100%
en glucosa; también puede proceder, durante períodos de ayuno o durante
un ejercicio físico intenso, de los depósitos corporales de glucógeno
almacenados en músculos e hígado.
Indirectamente, la glucosa puede sintetizarse mediante un proceso
llamado gluconeogénesis (que tiene lugar mayoritariamente en el hígado),
por la degradación, entre otras moléculas, de aminoácidos glucogénicos y
ácidos grasos.
Algo más de la mitad de las proteínas sobrantes de la dieta pueden
llegar a transformarse en glucosa mediante ese proceso, mientras que
sólo puede realizar esa transformación un 10% de los ácidos grasos, la
parte correspondiente al glicerol.
Los ácidos grasos pueden también ser usados directamente como
combustible por las células sanas, más tarde veremos en cuáles y en qué
condiciones.
Una parte de esos ácidos grasos pueden ser convertidos por el hígado en
cuerpos cetónicos, que se utilizarán preferentemente para nutrir al
cerebro cuando se alcanza el estado de cetosis, tras el período de
adaptación inicial de una dieta cetogénica. Profundizaremos más tarde en
estos conceptos.
Los dos estados metabólicos
Como hemos dicho, pese a que el organismo puede emplear una amplia
variedad de combustibles, son sólo dos los principales. Cada uno
representa un determinado estado metabólico y uno de ellos se alcanzará
tras aplicar una dieta cetogénica.
Estado 1. Glucosa: el metabolismo 'de emergencia' convertido en habitual
La glucosa es un combustible "de emergencia". Cuando ingerimos hidratos de carbono, las enzimas digestivas transforman los diferentes azúcares en glucosa.
Cuando el nivel de glucosa en sangre se eleva, el páncreas
segrega cantidades proporcionales de insulina con el fin de distribuirla:
una parte se emplea para proporcionar energía inmediata a las células,
otra se transforma en glucógeno para rellenar los pequeños depósitos de
músculos e hígado y el sobrante se almacena en el tejido adiposo, bien
directamente o bien previo paso por el hígado, que producirá
triglicéridos (de ahí que el nivel de triglicéridos dependa sobre todo
de los hidratos de carbono ingeridos, no de las grasas).
Cuando hay glucosa suficiente, es el combustible preferido por
el organismo. Éste interpreta que se encuentra ante una situación de
abundancia excepcional y pone en marcha una serie de procesos destinados
a almacenar la energía que "cree" que necesitará más adelante,
cuando vengan épocas duras. Los niveles de insulina se elevan, se
almacena grasa a partir de la glucosa sobrante y, a la vez, la insulina
también impide que dicha grasa se use como energía.
Nuestros genes han sido labrados en épocas donde estos picos de glucosa eran excepcionales,
y sólo ocurrían, como mucho, unas pocas semanas al año. Por ello, el
cuerpo "dice": atención, esta abundancia no volverá a suceder en
bastante tiempo, dejemos de usar reservas de grasa que nos serán muy
valiosas el resto del año, consumamos esta energía rápida que nos
permitirá sobrevivir un día más y aumentemos el panel adiposo para
cuando vengan épocas duras.
Los depósitos de grasa de un hombre medio podrían mantenerle con vida
durante muchas semanas. Por contra, el total de depósitos de hidratos de
carbono del cuerpo se agotaría en poco más de un día o dos.
La insulina es anabólica y promueve la creación de
hormonas eicosanoides inflamatorias, pero es un precio bajo a pagar a corto plazo, puesto que en otras épocas su presencia era puntual.
El problema es que la alimentación moderna, tan alejada de una dieta
cetogénica, está llena, a diario, de situaciones antes poco frecuentes:
una
pirámide alimenticia con casi un 70% de carbohidratos llenos de
energía, que nos cubren de glucosa todos los días del año y hacen que lo
que en otras épocas era excepcional ahora sea habitual.
Y a esa excepcionalidad convertida en habitual aún no se han
'acostumbrado' nuestros genes y nuestra fisiología, tallada durante
millones de años en la escasez y el alimento poco denso en energía.
Nuestra época, especialista en crear bombas de alimento, densas en
calorías y glucosa, nos hace permanecer todo el año en un estado de
glucosa e insulina altas, con la inflamación que ello conlleva. Un
estado antinatural, si por antinatural entendemos aquello que perjudica a
nuestro organismo, por no ser a lo que está acostumbrado.
Podríamos trazar una ruta explicativa de todas las enfermedades
crónicas partiendo de los altos niveles crónicos de glucosa e insulina y
su relación con la inflamación, algo que haremos en otros artículos. En estos nos enfocaremos en su participación en el cáncer.
Estado 2. Grasas: el metabolismo favorable a nuestra fisiología convertido en excepcional
Cuando el nivel de glucosa en sangre desciende, como durante el ayuno o durante una dieta cetogénica, nuestro cuerpo cambia a otro estado metabólico:
la insulina también disminuye y se eleva la hormona que la complementa y es su reverso, el glucagón,
producida igualmente en el páncreas. También se segregan en mayor
cantidad catecolaminas (epinefrina y norepinefrina), cuyo mecanismo de
acción es similar al del Glucagón con respecto al metabolismo.
Estas hormonas hacen que se liberen las reservas de glucógeno y, cuando éstas se agotan en parte,
ponen en marcha el mecanismo de liberación de grasas.
La insulina representa al estado metabólico de la glucosa. El glucagón representa el de las grasas
y ambas hormonas son los extremos de un eje: cuando la insulina es
alta, el glucagón es bajo y predomina el metabolismo de la glucosa.
Cuando la insulina baja, sube el glucagón y predomina el metabolismo de
las grasas.
Siguiendo con el lenguaje simbólico,
durante milenios el glucagón fue nuestro mejor representante,
presente durante casi todo el año debido a una alimentación muy similar
a la dieta cetogénica, haciendo que el organismo viviera durante los
períodos de escasez, los más frecuentes, de las reservas de grasa
acumuladas en períodos de abundancia, los más escasos, durante los
cuales la insulina aumentaba.
En nuestros días, el glucagón ha sido "arrinconado" por la
insulina, valiosísima en períodos cortos, nefasta cuando sus niveles
están crónicamente elevados.
La relación se ha invertido: la hormona del corto plazo lo es ahora del
largo plazo, y viceversa. Cada hormona "representa un estado" para el
cual "no está preparada".
Comparación de ambos sistemas metabólicos
Dicho de manera sencilla,
el cuerpo tiene dos sistemas preferentes de uso de energía, que funcionan casi en forma de interruptor.
Aunque siempre existe una convivencia de ambos tipos de combustibles,
el organismo salta a uno u otro dependiendo de las condiciones externas
de acceso a nutrientes.
El ejemplo más extremo de metabolismo "basado en la glucosa" lo
constituye la dieta de la civilización occidental. El más extremo de
metabolismo "basado en la grasa" lo constituye la dieta cetogénica.
Cuando la cantidad de glucosa sobrepasa determinado nivel, la
cetosis no es posible debido a que la insulina corta la posibilidad de
acceder a las grasas como combustible. En ese estado, casi todo
el cuerpo utiliza la glucosa como principal fuente de energía, a
excepción del corazón, que usa con preferencia ácidos grasos (aunque
también puede metabolizar glucosa, lactato o cuerpos cetónicos). En el
siguiente artículo de esta serie, dedicada a la dieta cetogénica contra
el cáncer, reflexionaremos acerca de las implicaciones de esta
particularidad.
Cuando la glucosa e insulina descienden durante la aplicación de la
dieta cetogénica contra el cáncer, el glucagón aumenta, vacía los
depósitos de glucógeno y permite acceder a los ácidos grasos como
combustible.
Durante el tiempo de adaptación a la dieta cetogénica, el hígado
produce también cuerpos cetónicos a partir de los ácidos grasos.
A lo largo de las, aproximadamente, 3 semanas que dura la adaptación
completa a la dieta cetogénica contra el cáncer, el cuerpo utiliza
ácidos grasos y cuerpos cetónicos como combustible metabólico, pero cada
día menos de estos últimos, que son reservados cada vez en mayor
cantidad para su utilización por el cerebro.
Ello es debido a que el cerebro no puede usar ácidos grasos como
combustible: son moléculas grandes que no pueden atravesar la barrera
hematoencefálica. Los cuerpos cetónicos sí la atraviesan, y conforme
pasan los días el cerebro requiere más cuerpos cetónicos para sustituir a
una glucosa cada vez más escasa, así que son reservados para que sea el
cerebro quien los use como combustible metabólico durante la dieta
cetogénica contra el cáncer.
Al final del período de adaptación a la dieta cetogénica, casi
todo el cuerpo funciona con ácidos grasos, mientras que el cerebro cubre
entre un 60 y un 75% de sus demandas de energía con cuerpos cetónicos, y
el restante 25 a 40% continúa necesitando de la glucosa.
Algunos otros sistemas celulares siguen usando también exclusivamente la glucosa, como los eritrocitos.
Otros órganos, como el intestino delgado, prefieren metabolizar aminoácidos como la glutamina.
Al final, tras el período de adaptación completa a la dieta cetogénica contra el cáncer,
el
cuerpo en cetosis profunda pasa a depender en, aproximadamente, un 95%,
de los ácidos grasos y los cuerpos cetónicos para sus necesidades
metabólicas, y la glucosa se usa para atender sólo el 5% restante.
La relación de combustibles "preferidos" por los órganos en cada estado
metabólico (dieta occidental "ideal" y dieta cetogénica) quedaría
distribuida tal y como se refleja en el siguiente dibujo.
© Desconocido
[NOTA:
hemos evitado representar el combustible correspondiente a los
eritrocitos en la dieta cetogénica contra el cáncer, que sería la
glucosa, porque los glóbulos rojos no pueden transformarse en células
cancerígenas.]
En el siguiente artículo hablaremos de los combustibles de la
célula tumoral y los compararemos con los que acabamos de conocer de la
célula sana.
De esa manera comprenderemos el porqué de las ventajas de adoptar una dieta cetogénica contra el cáncer.
- Vea más en: http://cancerintegral.com/dieta-cetogenica-contra-el-cancer-combustibles-del-cuerpo-sano-estados-metabolicos/#sthash.9j4hOllw.dpuf